Una figura legendaria en el mundo del fútbol, Kevin Keegan trajo consigo una chispa y una magia que hizo creer a los aficionados del City que cualquier cosa era posible.
Existía la creencia sincera de que Keegan era el hombre capaz de devolver el fútbol espectáculo a Maine Road, y bastaban apenas un par de minutos a su lado para contagiarse de ese entusiasmo irrefrenable.
El aura de Keegan era algo casi tangible.

Como futbolista, era un delantero pequeñito pero vibrante, con el corazón de un león: emotivo, incansable y con la capacidad de marcar goles fantásticos. Se hizo un nombre en el Liverpool antes de poner rumbo al Hamburgo en la Bundesliga, donde ayudó al conjunto alemán a llegar a la final de la Copa de Europa, para después regresar a Inglaterra de la mano del Southampton.

Galardonado del Balón de Oro en dos ocasiones, puso fin a su etapa como futbolista en el Newcastle United, asumiendo el rol de jugador-entrenador en St James’ Park y desatando una auténtica locura a su paso.
Ayudó a los Magpies a lograr el ascenso y consolidarse de nuevo en la máxima categoría, antes de centrarse exclusivamente en su carrera en los banquillos. Una etapa que no resultaría menos vibrante, en la que disputó una dramática, aunque a la postre fallida, carrera por el título de la Premier League frente al Manchester United.

Tras cinco años en el nordeste de Inglaterra, asumió el cargo de entrenador del Fulham antes de que la selección inglesa llamara a su puerta en 1999, un nombramiento que se intuía inevitable desde hacía tiempo.
Sin embargo, las cosas no salieron como se esperaba y Keegan no echó raíces. Dimitió 18 meses después al sentir que no lograba hacer evolucionar al combinado nacional de la manera que deseaba.
Siete meses más tarde, en mayo de 2001, el Manchester City le brindó a Keegan la oportunidad de hacer resurgir al club, que acababa de sufrir el descenso de la Premier League.

Aceptó el reto y se puso manos a la obra con su habitual energía y vitalidad.
Keegan no perdió el tiempo a la hora de encontrar un líder respetado sobre el terreno de juego. La decisión de incorporar al club a Stuart Pearce fue un movimiento astuto, con el excapitán del Nottingham Forest e Inglaterra en busca de un último desafío antes de colgar las botas.
“Sentía que simplemente necesitábamos un líder, y es algo que he hecho en todos mis clubes”, explicó Keegan.
“Siempre he intentado traer a alguien que te ayude a gestionar a los futbolistas; en otras palabras, puedo decirle a Stuart: “esto es lo que estamos pensando, ve y tantea qué opinan los chicos”. Ha formado un comité junto a Shaun Goater y Steve Howey, y ellos tres son quienes representan al resto. Si el entrenamiento es demasiado duro o demasiado suave, o si los desplazamientos se pueden mejorar, ellos me dan su opinión”.

“Estoy seguro de que todos los aficionados del City preferirían que estuviéramos en la Premiership. A mí también me gustaría ver un calendario de partidos que nos llevara a estadios como Highbury u Old Trafford, pero la realidad no es esa”.
Keegan buscaba la inspiración en quienes le rodeaban, ya fuera como jugador o como entrenador, y confesaba: “Siempre me decían “eres demasiado bajito”, así que creo que a lo largo de la vida tienes que seguir buscando esa inspiración continuamente. Bill Shankly, sin embargo, era sensacional; te hacía sentir que medías tres metros, aunque solo midieras uno setenta”.
Su primer partido oficial al frente del City fue en casa contra el Watford, en un inusual duelo de sábado por la tarde en Maine Road.
El ambiente era eléctrico y los de Keegan se impusieron por 3-0 desplegando el estilo de fútbol que exigía la afición: rápido, al ataque y valiente. Aquella primera campaña terminó siendo una inolvidable montaña rusa de emociones, vibraciones y goles.

El City de Keegan arrasó en la segunda división jugando con una soltura y un estilo que no se veían desde hacía años. Las incorporaciones de Eyal Berkovic y Ali Benarbia resultaron ser brillantes, sellando el título de la Championship con 10 puntos de ventaja sobre el segundo clasificado y 108 goles a favor.
En su segunda campaña, el City realizó una fuerte inversión para fichar a Nicolas Anelka y Sylvain Distin, además de incorporar a Peter Schmeichel con la carta de libertad y a Marc-Vivien Foé cedido por el Lyon.
Fue la última temporada en Maine Road, y el punto álgido llegó con la victoria por 3-1 sobre el United en el último derbi de Mánchester disputado en nuestro antiguo hogar, con el City finalizando en una más que respetable novena posición en la Premier League.
Keegan también devolvió el fútbol europeo al club 24 años después, al obtener el City un billete para la Copa de la UEFA 2003/04 gracias al ranking del Fair Play. Europa, un estadio nuevo y nombres de talla mundial: verdaderamente vivíamos en el “país de las maravillas” de Keegan.

La temporada 2003/04 fue de sufrimiento, con el City coqueteando con el descenso durante largos periodos y apenas algún fogonazo de alegría de forma puntual.
Para marzo de 2005, Keegan sintió que ya había dado todo lo que podía al City y dimitió de su cargo. Sin embargo, había devuelto al club a la máxima categoría, consolidado el ascenso, regalado a la afición un destello de competición europea y devuelto la convicción de que, en un futuro cercano, el City podría volver a ser una potencia algún día.
Y cualquiera que recuerde aquella primera temporada 2001/02 bajo su tutela rememorará el fútbol deslumbrante que desplegó el City, probablemente el mejor que jamás se haya visto en la segunda división.
Ese era el ‘Factor Keegan’, y él desempeñó un papel crucial en nuestro camino para volver a convertirmos en una potencia del fútbol nacional.